Daylan Soryn

Description:

CARACTERÍSTICAS (28 PP)
Vigor: +0/11
Destreza: +4/18
Constitución: +1/13
Inteligencia: +1/13
Sabiduría: +4/18
Carisma: +2/15

BONIFICACIONES (15 PP)
Ataque: +9
Fortaleza: +5
Reflejos: +8
Voluntad: +9

HABILIDADES (9 PP)
Acrobacias: 3
Atención: 1
Atletismo: 5
Av. Intenciones: 2
Buscar: 5
Conocimiento (Tradiciones Sith): 1
Conocimiento (Orden Jedi): 4
Conocimiento (Saber Galáctico): 2
Conocimiento (Sociología): 2
Diplomacia: 2
Intimidar: 1
Investigar: 3
Sigilo: 5

DOTES (18 PP)
Sensible a la Fuerza: 1
Alterar: 2
Sentir: 2
Controlar: 2
Maestro: 2

Forma I: Shii-cho: 5
·Bloqueo mejorado I
·Comp. con Sable de luz
·Desviar bláster
·Esquiva
·Evaluación
Estilo de lucha: Jark’Kai: 4
·Ambidiestro
·Ataque defensivo
·Bloqueo mejorado II
·Comb. con dos armas

COMPLICACIONES
Código de conducta: Código Jedi

COMBATE
Iniciativa: +8
Defensa: 18
Sable de luz: 2D8
Salud: 28 | Umbral de Herida Grave: 10

PODERES DE LA FUERZA (10 PP)
Ptos. de Fuerza: 10
Ptos. del Lado Oscuro: 0
Telequinesis: 3
Truco Mental: 2

Bio:

La cámara del Consejo estaba totalmente a oscuras, ninguna luz bañaba el rostro de Daylan, pero a él le parecía que podía ver gracias al brillo que despedían sus ojos, tal era su alegría en ese momento.

Aunque no podía verlos, sabía que los Miembros del Consejo estaban a su alrededor, podía sentir de forma casi tangible la Fuerza al alcance de su mano, tal era el poder del Consejo.
Quince años había esperado por éste momento, desde el día en que el Maestro Sazmobo Kira lo había tomado bajo su tutela. Recordaba aquel día como su hubiera sido ayer, y con mayor intensidad aún recordaba el día en que se había unido a la Orden, hacía casi veinte años, poco tiempo después de que su padre se hubiese trasladado desde Iridonia a Coruscant.

Su padre, Zilon, era un político prometedor, muy querido por el pueblo, inteligente, y tremendamente carismático. Desgraciadamente, la honradez no era una de sus virtudes, pues durante muchísimo tiempo escamoteó dinero de fondos públicos. A pesar de que llevaba a cabo estas acciones de forma muy discreta, finalmente se supo lo que había estado haciendo durante años, lo que no sentó nada bien a la opinión pública, por lo que fue forzado a dejar la vida política poco antes del nacimiento de Daylan. Su esposa, Drana, una brillante ingeniera genética, falleció durante el parto, y eso fue algo de lo que Zilon nunca pudo reponerse del todo.

Tras verse obligado dejar la política Zilon busco varios trabajos como mecánico y transportista, pero nunca consiguió dejar del todo el mal hábito de no ser completamente honesto, por lo que nunca tuvo demasiada suerte en sus trabajos y acababa recurriendo siempre a los prestamos que siempre prometía devolver gracias a un magnífico plan para hacerse rico en pocas semanas.
Obviamente sus planes nunca resultaron tan magníficos en la realidad como en su imaginación, y Zilon sólo conseguía estar un paso por delante de los matones que sus “valedores” ponían tras su pista para recuperar su dinero, siempre huyendo de una ciudad a otra de Iridonia, hasta que llegó el día en que no hubo lugar en Iridonia donde poder esconderse, por lo que decidió huir a donde pudiese tener más oportunidades, no por sí mismo, sino por Daylan, que era lo único que le había quedado de su amada Drana… o eso era lo que le había dicho cuando se montaron en el transbordador que los llevaría hasta Coruscant.

Lo cierto es que Zilon nunca había dado muestras de sentir un profundo amor por su hijo. Cierto que nunca le había faltado comida y jamás le había puesto una mano encima de forma violenta, pero tampoco cariñosa. Daylan recordaba cómo lo miraba su padre de pequeño, con tristeza, casi echándole la culpa de la muerte de su esposa.
Poco a poco obligó a su mente a volver al momento presente, no quería perderse nada de la ceremonia.

— Todos somos Jedi — fueron las primeras palabras que pronunció el Maestro Sonshu-No, Gran Maestro del Consejo Jedi—. La Fuerza habla a través de nosotros. A través de nuestras acciones la Fuerza se manifiesta, y demuestra lo que es real. Estamos hoy aquí para reconocer lo que la Fuerza ha revelado.

De repente, la sala del consejo se iluminó con los haces de los sables de los doce miembros del consejo. Su propio Maestro, Sazmobo Kira, estaba en la sala también, aun sin ser miembro del consejo, pero la tradición exigía que un maestro permaneciese al lado de su Padawan durante la ceremonia.

Sazmobo Kira, el rodiano que había cambiado su vida. La primera vez que lo había visto, su padre estaba en una cantina, buscando trabajo, mendigando, o lo que hiciera falta por un puñado de créditos para poder alimentar a su hijo y a sí mismo. Y en el caso de tener que mendigar, Zilon había aprendido que los habitantes de Coruscant eran más generosos cuando se encontraban con un niño escuálido que cuando sólo se lo pedía un pordiosero con las ropas mal remendadas, por lo que Daylan siempre estaba cerca de su padre cuando iban “a la búsqueda del tesoro”, como Zilon lo llamaba, pues siempre bromeaba con que Daylan y él eran piratas espaciales que libraban a los ricos de sus cargas y se lo quedaban para ayudar a los pobres, que en este caso eran ellos mismos, pero siempre de forma civilizada, nada de emboscadas.

Una de las personas que se les acercaron aquel día era un rodiano menudo que apenas sobrepasaba el metro y medio, vestido con una especie de tunica que no era muy común en Coruscant. La verdad es que Daylan sólo había visto a unos pocos transeúntes vestidos así, pero era lo único en común entre ellos, pues casi todos pertenecían a distintas razas, algunas que asustaban mucho a Daylan, que había vivido toda su vida en Iridonia, donde escaseaban los no zabracks. Cuando aquel rodiano había entrado en la cantina la gente parecía alejarse un poco de él, y también parecía como si las conversaciones pasaran de fuertes gritos a murmullos casi contenidos, y eso llamó la atención de Daylan, pues las otras personas vestidas con ese tipo de túnicas que había visto eran generalmente el centro de atención por donde pasaban, había muchas madres que les ofrecían a sus hijos para algo que Daylan no entendía pues nunca había estado tan cerca de los de la túnicas. Su padre también debió de extrañarse de ese comportamiento en la gente y seguramente preguntó que quién era ese, pues un momento después escuchó como le decían a su padre:

— Es un díscolo que no sigue las normas del Consejo Jedi. Hay quien dice que incluso flirtea con el Lado Oscuro de la Fuerza. La verdad es que no entiendo por qué el Consejo no lo ha expulsado aún, y aún va por ahí como si fuese un gran Caballero—. Daylan no entendió nada de aquello, no sabía que era el Consejo Jedi, ni que era un Caballero, ni tampoco el Lado Oscuro de la Fuerza. Para él lo único que significaba el “Lado Oscuro de la Fuerza” podría ser un droide de carga cuya pintura fuese negra, pero eso no le parecía nada malo, aunque el que había hablado con su padre lo había dicho como si el “Lado Oscuro de la Fuerza” pudiese resucitar a los muertos.

El hombre que había hablado con su padre lo había hecho en voz quizás demasiado alta, pero si el rodiano lo escuchó, no dio muestras de ello, simplemente se dirigió a la barra, hablo un momento con el cantinero y dio la vuelta para marcharse. Y justo en ese momento, cuando estaba dando la vuelta, su mirada y la de Daylan se cruzaron… y Daylan sintió que ese rodiano podía ver en si interior, como si pudiese leer todos sus miedos y sueños mas profundos, y sintió una oleada de calor, como si esa persona lo confortase tras sus pesadillas y lo alentase en sus sueños. Fue sólo un segundo, pero Daylan sintió como si lo hubiese conocido de toda la vida. Y tras ese segundo, desapareció. Poco a poco la cantina fue recuperando su anterior bullicio, y finalmente llegó la hora de volver a casa, con los bolsillos y el estomago un poco menos vacíos. Aproximadamente a medio camino de casa, Daylan y Zilon volvieron a ver al rodiano, que se dirigía hacia ellos. Daylan notó que su padre le agarraba la mano con más fuerza que de costumbre, como si estuviese tenso o asustado. Finalmente el rodiano les alcanzó, y cuando su padre estaba a punto de echarse correr de puro pavor, Daylan vio como el rodiano hacía un leve gesto con los dedos, y seguidamente su padre se calmaba, momento que aprovechó el rodiano para presentarse.
Hablaba bien el básico, pero con un acento tan marcado que a Daylan le hizo gracia y casi no pudo contener una risa. Les dijo cómo se llamaba y que era una Caballero Jedi, y le preguntó a Zilon si podrían hablar en algún sitio menos ruidoso, tras lo cual se dirigieron todos a casa de Zilon y Daylan. Por el camino no hablaron mucho, pero cada vez que Daylan miraba a Sazmobo Kira lo encontraba reflejado en esos ojos tan brillantes que tenía el rodiano, y le parecía ver algo como una sonrisa en la boca del rodiano, que lo miraba a él a su vez de una forma muy intensa, pero era muy difícil interpretar sus facciones. Cuando llegaron a casa Sazmobo le dijo algo a Zilon al oído para que Daylan no pudiese escucharlo, y poco después su padre lo acostó en su cama, diciéndole que él y Sazmobo iban a hablar de cosas de mayores muy aburridas.

No tardó mucho en quedarse dormido, y nunca supo cual fue realmente el contenido de esa conversación, pero al día siguiente Zilon y Daylan se dirigieron a un edificio enorme y precioso, con cuatro enormes torres y una central algo más alta que las demás. Su padre le dijo que eso era el Templo Jedi, que allí era donde se entrenaban los guardianes de la paz y la justicia en la galaxia.

— ¿No has oído nunca la historia del gran Revan y su amigo Alek Squinquargesimus, que lideraron a los ejércitos de la República cuando los mandalorianos nos atacaban? Pues ellos eran Jedis, y se habían entrenado aquí mismo, en éste edificio. ¿No te gustaría ser como ellos y poder salvar algún día la República, Daylan?

— Si papá, me gustaría mucho.

— ¡Ah, pero hay una condición!

— ¿Cuál es papá?

— Tienes que ser un niño muy valiente, como lo fueron Revan y su amigo Alek. ¿Tu eres valiente, Daylan?

— ¡Sí! Pero, ¿por qué es tan importante que sea valiente?

— ¿Por qué? Porque sino no podrías ni siquiera ayudar a un ithoriano a cultivar sus plantas.

— ¿Qué es un ithoriano?

— Alguien muy feo. Pero, además, tienes que ser valiente porque si decides entrenarte como Jedi no podremos volver a vernos en mucho tiempo…

— ¿Pero eso por qué?

— Porque así ha sido durante miles de años. Los Jedis son personas extraordinarias, que pueden hacer cosas que el resto de los habitantes de la galaxia sólo podrían soñar con hacer. Pero para poder llevar a cabo sus misiones y mantener la paz en la galaxia, primero tienen que aprender a controlar sus emociones, pues si no podrían usar sus poderes de forma egoísta para ayudar alas personas que quieren y tienen cerca, y eso no es bueno, porque dejarían de mantener la paz de toda la galaxia por el bien de unas pocas personas.
>>No te voy a mentir Daylan, ser un Jedi puede ser difícil, y quizás el no vernos resulte duro para ti, pero aquí tendrás un futuro mejor del que podrías tener conmigo, y si hago esto es solo por tu bien, pero quiero que sepas que la decisión final está en tus manos. Daylan, ¿quieres convertirte en un Jedi?

— ¡Sí!

— De acuerdo, entonces hagamos un trato, ¿eh? Tú tienes que prometer que vas a ser muy valiente y que vas a hacer todo lo que te digan, y cuando seas un Jedi de pleno derecho, me buscarás. A cambio, yo te prometo que, para cuando me encuentres, yo seré rico y no tendré ninguna deuda, y entonces te invitaré a la mejor comida de tu vida, ¿vale? ¿Qué me dices?

Esa fue la última vez que Daylan vio a su padre, y no pudo verlo muy bien ya que las lágrimas le empañaban la vista. Sin embargo pronto notó una mano calida en el hombro, y cuando se dio la vuelta vio al rodiano de la noche anterior, el que tenía ese nombre tan raro, que en ese momento sólo le dijo dos palabras: “ven conmigo”. Sazmobo lo llevó por cada una de las dependencias del templo todas las que podía ver de momento, y le fue explicando que se hacía en cada una de ellas. También le presentó a algunas personas, algunos Maestros, otros que eran niños poco mayores que el propio Daylan, pero todos muy amables. Cuando terminó de enseñarle todo, Sazmobo llevó a Daylan al que sería su nuevo dormitorio. Allí se sentaron los dos en la cama, y Sazmobo, mirando a Daylan con esos ojos que parecían espejos, le dijo:

— Bueno Daylan, esta va a ser tu casa durante algunos años, ¿Qué te ha parecido?

— Es muy grande.

— Si que lo es, pero eso es por que aquí vive mucha gente, ya los has visto, niños de tu edad que apenas han empezado su entrenamiento, caballeros recién nombrados ansiosos de probar su valía y ancianos maestros que son los que dictan las normas y dirigen la orden.

— ¿Y algún día yo seré como ellos? ¿O como el gran Revan, que salvó la República?

— Sí. Si es la voluntad de la Fuerza, puedes llegar a ser tan famoso como Revan, aunque espero que no seas del todo como él…

— ¿Y eso? Yo pensé que había sido un gran héroe.

— Y lo fue, pero eso es sólo la mitad de la historia. Ya la aprenderás completa más adelante cuando tus instructores lo consideren oportuno. Escucha Daylan, le hice una promesa a tu padre, y quiero que sepas lo que te espera. Le prometí a tu padre que cuidaría de ti y que te convertiría en un buen Jedi, pero de momento no puedo hacerme cargo de ti personalmente; primero, porque aún no has recibido ni siquiera el entrenamiento básico y yo no sabría proporcionártelo, y segundo, porque actualmente el Consejo me manda muchas misiones muy peligrosas, y llevarte conmigo ahora sería muy peligroso para ti. Así que de momento permanecerás aquí y te entrenaras con el resto de los Iniciados, aprendiendo a controlar tus emociones y a sentir la Fuerza a tu alrededor, y cuando hayas construido un de estos, y sepas manejarlo – decía mientras le enseñaba a Daylan la empuñadura de su sable láser – te tomare como mi Padawan.

— ¿Qué es eso, Maestro Sazmobo? – preguntó Daylan señalando la empuñadura.

— ¿Esto? Es el arma más noble que existe, el sable de luz, el arma predilecta de los Caballeros Jedi desde hace miles de años, pero ten en cuenta que no debes utilizarla a la ligera. Ya te lo dirán tus instructores, pero el sable láser es sólo el último recurso de un Jedi, sólo deberás utilizarlo para proteger a otras personas o en defensa personal, ¿entendido?

— Si, Maestro.

— Bien. Ahora yo debo marcharme, recuerda bien lo que te he enseñado hoy sobre el templo, y no olvides que, cuanto antes puedas manejar tu sable de luz, antes podrás venir conmigo. ¡Que la Fuerza te acompañe!

Y con estas palabras se despidió quien en los años sucesivos fue para Daylan un mejor padre de lo que había sido su padre biológico. Cierto que no se veían con mucha frecuencia, pues el Maestro Sazmobo Kira estaba muy a menudo fuera del Templo, pero siempre que estaba dentro se interesaba por los avances de Daylan, quien no tardó en dar muestras de su habilidad para el duelo con sables de luz. Sin embargo, al contrario que la mayoría de los Iniciados, que practicaban manejando un solo sable con ambas manos, Daylan prefirió utilizar un sable en cada mano, utilizando uno para atacar y otro para defenderse. Durante algunos años demostró ser muy hábil en el manejo del sable, aunque siempre tuvo problemas para controlar totalmente sus emociones, motivo de constantes reprimendas por parte de sus instructores, que veían en esa falta de autodisciplina una posible caída en el Lado Oscuro de la Fuerza.

En una de las visitas de Sazmobo a Daylan, este le pregunto si de verdad era un problema para ser Jedi el no poder reprimir sus sentimientos, como la alegría, el enfado, el miedo, el amor…
— Hay quien te dirá que sólo podrás ser un auténtico Jedi cuando consigas mantener todas tus pasiones y sentimientos bajo control, y de hecho eso es lo que promueve el Consejo, pero en mi opinión, ¿cómo puedes ayudar a alguien si no entiendes totalmente sus sentimientos? Bajo mi punto de vista, el problema no reside en albergar sentimientos, al contrario, esos sentimientos son los que mejor te pueden inspirar para ayudar a los demás. El verdadero problema es cuando esos sentimientos dejan de ser tus aliados para pasar a ser los que te controlan. Para que me entiendas bien, Daylan, no está mal amar a una persona, a no ser que por ese amor dejes de lado tus obligaciones y empieces a comportarte de manera egoísta.

— ¿Entonces tú no sigues siempre los dictados del Consejo Jedi?

— La verdad es que hemos tenido nuestras diferencias, no lo puedo negar…

— ¿Por eso dice la gente que eres un adepto del Lado Oscuro?

— Las cosas no son siempre tan blancas o negras como nos gustaría para poder distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, Daylan, y si ya nos cuesta a los que estamos entrenados en los caminos de la Fuerza, para alguien que nos vea desde fuera cualquiera que no siga las normas del Consejo es un renegado que utiliza la Fuerza en su propio beneficio. Por eso hay quien piensa que yo utilizo el Reverso Tenebroso de la Fuerza. Sin embargo tu me conoces, y sin duda ya has aprendido cosas del pasado de nuestra Orden y de cómo algunos de los nuestro se sintieron tentados por el Lado Oscuro, ¿crees que me parezco a ellos?

— No, Maestro Sazmobo, porque tú le prometiste a mi padre que me cuidarías como si fuese tu propio hijo.

— Si, pero todos lo Jedi prometen defender la República como si fuese su propia familia, y ya has visto que algunos Jedi no cumplieron totalmente con su promesa… Pero te prometo que no tienes nada que temer de mí, y cuando hallas sido nombrado Caballero, tú mismo podrás decidir a quienes proteger, dónde y cómo.

Mientras recordaba los detalles de su ingreso en la Orden Jedi, Daylan vio como el Gran Maestro Vidruhs Nala, se dirigía ahora directamente hacía el, y con la voz grave que le caracterizaba, dijo:

—Por el derecho del Consejo, y por la voluntad de la Fuerza, yo te nombro Jedi, Caballero de la República—.

Las siguientes palabras que escucho Daylan fueron las que pronunció la Maestra (…), y que ponían fin a la ceremonia que lo proclamaba Caballero Jedi:

— Coge tu sable de luz Daylan Sorin, Caballero Jedi, ¡y que la Fuerza te acompañe!

Daylan Soryn

La Guerra de los Nuevos Sith Dreezer